El sarampión (del latín morbilli) es una enfermedad viral aguda y altamente contagiosa. Se caracteriza por un curso cíclico, una intoxicación, una inflamación catarral de las mucosas de las vías respiratorias y la conjuntiva, y un exantema maculopapular característico. El agente causal es un virus ARN del género Morbillivirus.
La enfermedad se transmite por vía aérea y se caracteriza por una susceptibilidad de casi el 100% en personas no inmunes. Tras la recuperación del sarampión, se desarrolla una inmunidad persistente y de por vida. La implementación de la vacunación sistemática ha reducido significativamente la incidencia de la enfermedad; sin embargo, siguen produciéndose brotes en poblaciones no vacunadas.
La fuente de infección es un individuo enfermo, el cual resulta contagioso para otras personas desde el final del periodo de incubación y hasta el cuarto día posterior a la aparición del exantema. El virus penetra en el organismo a través de las mucosas de las vías respiratorias superiores, donde tiene lugar su replicación primaria en el tejido linfoide.
Posteriormente, el virus ingresa al torrente sanguíneo (viremia primaria), se disemina por el organismo y se fija en las células del sistema reticuloendotelial, donde tiene lugar su replicación masiva. La viremia secundaria conduce a la afectación de las células epiteliales de la piel, la conjuntiva y las vías respiratorias, lo que determina las principales manifestaciones clínicas de la enfermedad.
El cuadro clínico del sarampión presenta una secuencia de etapas bien definida. El diagnóstico se establece fundamentalmente basándose en la secuencia característica de síntomas. El tratamiento es sintomático; la principal medida de prevención es la vacunación.
La enfermedad cursa en varios períodos:
El sarampión debe diferenciarse de otras enfermedades que se acompañan de exantema. El sarampión se diferencia de la rubéola por la mayor intensidad de su síndrome catarral y por la secuencia bien definida de las etapas del exantema. En la escarlatina, el exantema es puntiforme sobre un fondo hiperémico. Son notorios la angina y la lengua «aframbuesada», mientras que la conjuntivitis está ausente. El diagnóstico diferencial también debe incluir el exantema enteroviral, la mononucleosis infecciosa y las reacciones alérgicas.
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