Apnea (del griego άπνοια (ápnoia), que significa «sin aliento» o «sin respiración») es el cese completo de los movimientos respiratorios y la interrupción de la ventilación pulmonar durante 10 segundos o más. Esta condición es una manifestación clave de los síndromes de trastornos respiratorios del sueño.
Durante un episodio de apnea, se interrumpe el intercambio gaseoso pulmonar, lo que conduce a una disminución del nivel de oxígeno en sangre (hipoxemia). Según su mecanismo de producción, se distingue entre apnea obstructiva, relacionada con la oclusión mecánica de las vías respiratorias, y apnea central, debida a un fallo en el centro respiratorio del encéfalo.
Existen dos tipos fisiopatológicos principales de apnea:
Clínicamente, la apnea del sueño se manifiesta con ronquidos fuertes, pausas respiratorias presenciadas y somnolencia diurna excesiva. El «estándar de oro» del diagnóstico es la polisomnografía: un estudio que registra diversos parámetros fisiológicos durante el sueño. El indicador clave es el índice de apnea-hipopnea (IAH), que determina la gravedad de la enfermedad.
Los episodios recurrentes de apnea provocan hipoxemia crónica y fragmentación del sueño. Esto constituye un factor de riesgo significativo para el desarrollo de hipertensión arterial, infarto de miocardio, accidente cerebrovascular y diabetes mellitus tipo 2. El tratamiento principal para la apnea obstructiva del sueño es la terapia CPAP (presión positiva continua en las vías respiratorias).
El objetivo clave del diagnóstico es diferenciar entre la apnea obstructiva y la central, ya que sus enfoques de tratamiento difieren fundamentalmente. Esta diferenciación se realiza de manera confiable únicamente mediante polisomnografía, la cual registra la presencia o ausencia de esfuerzo respiratorio toracoabdominal durante las pausas respiratorias.
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